Estaba aturdida. Habíamos estado por lo menos una hora en casa de Polibio y su esposa. Ya habíamos tomado chicha, nos habían ofrecido carachama (un pez que habita en el río), y que por cierto, no pude comer. Nos contaban historias, era difícil la comprensión, pues ellos solamente hablan quichua y el guía que nos acompañó debía traducir todo cuanto decían. Después de algunos minutos, Polibio se retiró, nos pidieron que entremos a una de las habitaciones contiguas de la choza. Todos entramos, estábamos en silencio. Apenas entré sorprendida ví como en un atuendo muy propio de los shamanes, Polibio tomaba ayahuasca de una especie de recipiente. Iba a proceder a realizar una limpia. Uno de los principales propósitos que tenía del viaje, era experimentarla yo misma. Siempre había escuchado que los shamanes del Oriente son aquellos que las hacen de manera correcta, y sin pensarlo dos veces dije que yo lo haría. Fui la tercera y la última, quería que todas sus energías se quedarán en mi. Sentada en un banquito de madera, lo único que se me ocurrió fue cerrar los ojos. Abandonarme en un estado casi de inconciencia y que Don Polibio hiciera su trabajo, después de todo quería quedar lo más “limpia” posible, pues ¿de qué sirve la limpia, si no quedo limpia?.
Movía sus brazos con una hojas que me pegaban la cabeza, mientras lo hacía entonaba el cántico que cada shamán debe tener para poder hacer las limpias. Durante este proceso solo recuerdo que entré en una estado de paz, y nunca siquiera pensé en abrir los ojos pues la comodidad era extrema. En medio de aquella vivencia poco convencional sentía la necesidad casi desesperada de regresar al Tena, no quería por nada del mundo que la noche llegara pues según Polibio y sus creencias, el demonio se presenta cuando uno está solo en la selva. El temor era grande, pero a medida que pasaban los minutos pensaba en que ahora todo saldría mejor, pues todas las malas energías se quedaban en aquel recóndito pueblo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario