jueves, 4 de junio de 2009

El origen de la primera nostalgia de casa

Al ver la selva uno se siente perdido y fuera de casa, cuando entras en una choza de un nativo sabes que estás lejos pero cuando realmente te das cuenta que estás en un lugar fuera de lo común y que pasaste a ser un turista más dentro de tu propio país es precisamente en el fatídico momento en el que se sirve la comida.
Si bien es cierto, nunca disfruté ni gusté de la chicha, pero, dentro de lo que se puede y hasta por compromiso y tacto, se la puede pasar. Pero, fue cuando noté el platillo venidero cuando entré en pánico junto con el resto del grupo. Se trataba de “carachamas”, unos pequeños peces de río recién pescados pero aún con vida, veía de cerca cómo doña Teresita raspaba con su cuchillo las escamas del pez para luego abrirle la panza y sacarle con sus manos las tripas mientras el pequeño animal aún se movía intentando escapar de una muerte imposible de evadir.
Luego se los puso a hervir en una enorme cacerola puesta encima de un fuego de leña muy grande y, después de algunos minutos estaban listos para saborear. Doña Teresita no esperó para recomendarnos los huevecillos del pez y nos enseño a extirpárselos, ante nuestra primera negativa recomendó luego su carne, finalmente casi indignada tras nuestros rostros repugnados por la escena nos pidió que por lo menos probemos el “caldito”.
Dicho “caldito” nos puso la piel de gallina sin dejarnos ni un poco de ganas de ir más allá y probar el resto del platillo; a pesar de esto tuvimos que aguantarnos y sonreír inmediatamente. Terminaron recomendándonos los “chontacuros”, con temor decidimos preguntar qué era eso; nada más y nada menos que gusanos. ¿Cómo no extrañar Quito?


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